
En un rincón de la Serranía Media de Cuenca hay un lugar mágico. Un pequeño valle rodeado de choperas, que bien entrado el mes de noviembre se tiñe de un rojo intenso salpicado por los amarillos, ocres y naranjas del otoño, los blancos de los jopos y los púrpuras de los arbustos que se entretejen entre los mimbres, mecidos por el viento junto al río Escabas, y que ofrecen un espectáculo visual único que desafía tanto la sensibilidad del poeta como el ojo del fotógrafo. Esa magia está en Cañamares.
Hay una simetría sagrada en el dolor de la tierra cuando el otoño decide sangrar en Cañamares. El encuadre no soporta tanta geometría viva: líneas puras que nacen del lodo, flechas de cobre que apuntan a un cielo frío, mientras el río Escabas murmura su vieja partitura de agua. Para capturar este milagro no hace falta prisa. Se necesita la velocidad de obturación del alma, un diafragma abierto a la melancolía del paisaje y el grano fino de la memoria. Miras a través del visor y el contraluz de la tarde enciende las varas transformando el valle en una gigantesca caja de luz natural.