
Fotografiar el otoño riojano es capturar el tiempo en su estado más puro. La luz de octubre, baja y templada, acaricia las hileras de cepas dibujando sombras largas que imitan las arrugas de las manos que las vendimiaron. Hay una mística especial en el instante en que la niebla matutina se enreda en los tejados de San Vicente de la Sonsierra o Briones, suspendida como un velo que separa la realidad de la leyenda. Es ahí, entre la bruma y los primeros rayos de sol, donde el contraste cromático se vuelve casi irreal: el verde que se resiste a morir, el amarillo que reclama su protagonismo y el rojo ardiente de las hojas que parece encender la tierra.
Cada disparo es un intento de retener una transición perfecta. En los valles del Oja y del Najerilla, las hojas de los bosques caen en un baile silencioso, alfombrando senderos que invitan a perderse. El fotógrafo no busca aquí la nitidez absoluta, sino la atmósfera. Busca el crujido bajo los pies, el olor a tierra mojada y a mosto que parece impregnar el grano de la imagen, el reflejo de los chopos dorados duplicándose en las aguas tranquilas del Ebro.
La Rioja es Tierra de Vinos y el mejor jardín de Baco.